PARA JUGAR BIEN HAY QUE CORRER, PERO TAMBIÉN HAY QUE SABER FRENAR.

Si lo bueno de la intensidad es que aplaca las conciencias, lo malo es que ha dado al traste con uno de los conceptos que más han contribuido al buen fútbol: la pausa. Para jugar bien hay que correr, por supuesto, pero también hay que saber frenar. Como esto se está llenando de jugadores que, en su afán por ser intensos, se mueven a una velocidad por encima de la que pueden permitirse, el atentado contra la precisión es permanente. Si no hay precisión, la jugada no tiene continuidad y, si no hay pausa, no hay sorpresa. Precisión y pausa han sido siempre los componentes esenciales del gran juego, y la intensidad va en contra de ambos conceptos. Así que empecemos a poner en duda la palabra <<intensidad>> como sinónimo de eficacia. Sería como pensar que un reloj es bueno porque avanza más deprisa que los demás.

Imaginemos al Manchester City sin Silva; el Barça sin Iniesta; al Madrid sin Benzema, James o Isco; al Arsenal sin Özil ni Cazorla… No son jugadores vertiginosos sino pensantes que, cuando pisan el freno, logra que aparezcan los espacios que tanta velocidad innecesaria había ocultado. Cuando ellos intervienen es como si la jugada respirara.

Que no se lea esto como un alegato contra la velocidad bien entendida, porque auténticos genios como Johan Cruyff la utilizaban para engañar con simples pero incontenibles cambios de ritmo. Hay que aclarar que el secreto estaba más en el engaño que en el cambio de velocidad. Pero la nostalgia de la pausa perdida es extensiva también al engaño como modo de desequilibrio. Mi crítica va dirigida hacia la velocidad. Pero la nostalgia de la pausa perdida es extensiva también al engaño como modo de desequilibrio. Mi crítica va dirigida hacia la velocidad pura y dura que, ante equipos desorganizados, es muy necesaria, pero que frente a equipos ordenados (la mayoría en estos tiempos de tanta aplicación táctica) solo sirve para chocar antes. He leído que Usain Bolt tiene intención de jugar con la Selección de Jamaica, seguramente porque no le avisaron que en el fútbol, cuando uno llega a la meta, que es la pelota, el problema no termina sino que empieza.

Fuente: El juego infinito (Jorge Valdano)